Mi hijo quiere apuntarse a todas las extraescolares.

 ¿Cómo le ayudamos a elegir?

Llega septiembre.

Empiezan las extraescolares.

Fútbol.

Natación.

Inglés.

Robótica.

Danza.

Música.

Patinaje.

Karate.

Y entonces tu hijo mira el folleto del colegio con los ojos como platos y dice:

“¡Quiero hacerlas todas!”

Y tú miras el calendario.

Lunes: fútbol.

Martes: inglés.

Miércoles: natación.

Jueves: música.

Viernes: cumpleaños.

Y piensas:

“¿Pero cuándo vamos a vivir?”

Porque muchas veces no es que nuestros hijos quieran hacer demasiadas cosas.

Es que realmente les interesan muchas cosas.

Y eso es maravilloso.

El problema aparece cuando querer hacerlo todo no significa que realmente puedan hacerlo todo.

Entonces llega una pregunta que muchos padres nos hacemos:

¿Le dejamos probarlo todo o tenemos que poner un límite?

Antes de decir “no puedes hacer tantas cosas”, escuchemos qué hay detrás

Cuando un niño quiere apuntarse a muchas actividades, no necesariamente está pidiendo simplemente “más cosas”.

Quizá le encanta probar.

Quizá ha visto a un amigo haciendo una actividad y le ha entrado curiosidad.

Quizá le gusta muchísimo el deporte.

Quizá necesita moverse.

Quizá disfruta estando con otros niños.

Quizá quiere sentirse mayor.

O quizá simplemente le cuesta elegir entre varias cosas que le gustan.

Y esto último también es importante.

Aprender a elegir forma parte de crecer.

No siempre podemos quedarnos con todo lo que nos gusta.

“Pero si quiere hacerlo…”

Aquí aparece una cuestión que puede generar dudas.

Si el niño quiere hacer cinco actividades, ¿por qué no dejarle?

Porque hay algo que un niño todavía está aprendiendo a valorar:

el tiempo también tiene límites.

Una actividad no ocupa solamente la hora que aparece en el horario.

Hay desplazamientos.

Prepararse.

Cambiarse.

Ducharse.

Hacer deberes.

Cenar.

Descansar.

Jugar.

Estar con la familia.

Tener tiempo libre.

Y también… no hacer nada.

A veces llenamos tanto la semana de los niños que cuando aparece un hueco pensamos que tenemos que llenarlo también.

Y no.

El tiempo libre también es necesario.

Podemos ayudarle a elegir sin elegir por él

En lugar de decir:

“Solo puedes hacer dos porque lo digo yo.”

Podemos sentarnos juntos y mirar todas las opciones.

Por ejemplo:

“Veo que te gustan muchas. Vamos a pensar cuáles son las que más te apetecen.”

Podemos preguntarle:

¿Cuál te hace más ilusión?

¿Cuál te gustaría probar de verdad?

¿Hay alguna que quieras hacer porque va tu amigo?

¿Hay alguna que llevas mucho tiempo queriendo hacer?

¿Cuál te imaginas haciendo durante todo el curso?

Estas preguntas no sirven para encontrar una respuesta perfecta.

Sirven para que el niño empiece a descubrir sus propias preferencias.

“¡Pero yo quiero todas!”

Puede que, después de toda la conversación, siga diciendo:

“¡Todas!”

Y aquí no hace falta entrar en una batalla.

Podemos validar el deseo y mantener el límite.

“Ya sé que te gustaría hacerlas todas. Hay muchas que son interesantes. Pero nuestra semana no tiene tiempo para todas.”

No estamos diciendo:

“Tus deseos no importan.”

Estamos enseñando:

“Tus deseos importan, pero no siempre podemos hacer realidad todos al mismo tiempo.”

Y esto es un aprendizaje que necesitará muchas veces a lo largo de su vida.

Una opción: probar antes de comprometerse

Si existe la posibilidad, podemos plantear un periodo de prueba.

“Vamos a probar esta actividad unas semanas y después hablamos.”

Porque a veces queremos algo muchísimo… hasta que lo probamos.

Y otras veces ocurre justo lo contrario.

Una actividad que parecía poco interesante termina convirtiéndose en nuestra favorita.

Probar también ayuda a diferenciar entre:

“Quiero hacerlo porque me llama la atención”

y

“Realmente disfruto haciéndolo.”

Cuidado con llenar la agenda de “cosas buenas”

Este es un punto importante.

Porque ninguna de estas actividades es mala.

El deporte es estupendo.

La música es estupenda.

Aprender idiomas es estupendo.

La danza es estupenda.

La creatividad es estupenda.

El problema no suele estar en la actividad.

Está en la cantidad.

Podemos tener una agenda llena de cosas maravillosas y, aun así, estar agotados.

Un niño no necesita aprovechar cada tarde para aprender algo nuevo.

También necesita jugar.

Inventar.

Aburrirse.

Leer.

Hablar con nosotros.

Dar una vuelta.

Hacer construcciones.

Mirar por la ventana.

O simplemente llegar a casa y decir:

“Hoy no quiero hacer nada.”

Y que eso también esté permitido.

¿Y si deja una actividad a mitad de curso?

Aquí aparece otro dilema.

A veces nos dicen:

“Si empiezas, tienes que terminar.”

Y tiene sentido enseñar constancia.

Pero la constancia no significa necesariamente permanecer en algo que ya no funciona.

Podemos intentar averiguar qué está ocurriendo.

¿Se ha cansado?

¿Le cuesta algo concreto?

¿No le gusta la actividad o no le gusta cómo se desarrolla?

¿Está pasando por una etapa complicada?

¿Es simplemente que ahora necesita otra cosa?

No se trata de abandonar cada vez que aparece una dificultad.

Pero tampoco de obligar a un niño a continuar durante meses únicamente porque “ya lo hemos pagado”.

Podemos enseñarle que dejar algo también puede ser una decisión cuando hemos reflexionado sobre ella.

Y aquí también entramos los adultos

A veces las extraescolares hablan tanto de nuestros hijos como de nuestras expectativas.

Queremos que hagan deporte.

Que aprendan inglés.

Que tengan amigos.

Que desarrollen su creatividad.

Que aprendan música.

Que estén preparados.

Que aprovechen sus capacidades.

Y sin darnos cuenta, podemos construir una agenda perfecta…

para un niño que necesita simplemente ser niño.

Quizá merece la pena preguntarnos:

¿Esta actividad la quiere mi hijo o la queremos nosotros para él?

No siempre habrá una respuesta clara.

Y tampoco pasa nada.

Pero hacernos la pregunta puede ayudarnos.

No todas las familias pueden organizarse igual

Hay familias con jornadas laborales largas.

Familias con varios hijos.

Familias que necesitan las extraescolares porque son parte de su conciliación.

Familias que tienen abuelos cerca.

Familias que no los tienen.

Familias para las que una actividad supone un esfuerzo económico importante.

Y familias para las que no.

Por eso tampoco necesitamos comparar nuestra agenda con la de otras familias.

“Todos sus compañeros hacen tres actividades.”

“Fulanito hace cinco.”

Quizá sí.

Pero cada familia tiene unas circunstancias diferentes.

No necesitamos que nuestra semana se parezca a la de nadie.

Una buena pregunta no es “¿cuántas extraescolares puede hacer?”

Quizá la pregunta sea:

“¿Cómo queremos que se sienta nuestra familia de lunes a viernes?”

Porque podemos tener una agenda llena de actividades y llegar cada noche corriendo, enfadados y agotados.

O podemos elegir menos cosas y tener tardes en las que haya tiempo para jugar, hablar, hacer deberes sin prisas y cenar juntos.

No hay un número mágico de extraescolares.

Hay que mirar al niño, a la familia y a la realidad de cada casa.

Y si tenemos que decir que no…

Podemos decirlo sin convertirlo en un castigo.

“No podemos hacer todas este año.”

“Vamos a elegir dos y el próximo curso podemos probar otra.”

“Esta te gusta mucho, pero ahora mismo no nos encaja por horarios.”

“Entiendo que quieras hacerla. Podemos apuntarla como una opción para más adelante.”

Porque poner un límite no significa apagar su ilusión.

Podemos acompañar su entusiasmo y, al mismo tiempo, ayudarle a aceptar que elegir una cosa significa renunciar temporalmente a otras.

Y quizá ese sea uno de los aprendizajes más importantes que podemos regalarles.

No necesitamos enseñarles a tenerlo todo.

Necesitamos ayudarles a descubrir qué quieren de verdad, qué pueden abarcar y cómo disfrutar también de aquello que no está organizado en un horario.

Porque una infancia llena de experiencias no tiene por qué ser una infancia llena de actividades.

A veces también está llena de tardes en el parque.

De construcciones en el salón.

De paseos sin rumbo.

De una merienda que se alarga.

De aburrirse.

De inventar.

De estar juntos.

Y de tener una tarde en blanco en el calendario.

Porque no todo el tiempo libre necesita convertirse en una oportunidad de aprendizaje.

A veces, simplemente, necesitamos tiempo para vivir.


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