¿Es normal que mi hijo siga llorando después de dos semanas de cole?
“Pero si ya llevamos dos semanas…”
Esta frase aparece muchas veces cuando llega septiembre.
Han pasado los primeros días de colegio, ya conoce a su profesora, reconoce el camino, sabe dónde está su clase, quizá incluso ya conoce a algunos compañeros.
Y, sin embargo, cada mañana vuelve a llorar.
Y entonces aparecen las dudas:
“¿Es normal que siga llorando?”
“¿No debería haberse acostumbrado ya?”
“¿Estará mal en el colegio?”
“¿Lo estaremos haciendo peor?”
“¿Deberíamos preocuparnos?”
La respuesta corta es que sí, puede ser completamente normal que un niño siga llorando después de dos semanas de colegio.
Porque adaptarse no es un proceso que tenga una fecha concreta de finalización.
Y, sobre todo, cada niño tiene su propio ritmo.
Dos semanas no son una fecha límite
A veces hablamos de la adaptación como si fuera una cuenta atrás.
Primera semana: llora.
Segunda semana: debería estar mejor.
Tercera semana: ya tendría que entrar feliz.
Pero los niños no funcionan así.
La adaptación no es una línea recta.
Puede haber días en los que entre contento y otros en los que vuelva a llorar.
Puede parecer que lo lleva fenomenal durante varios días y, de repente, una mañana no quiera separarse.
Puede llorar al entrar pero después pasarlo bien.
O puede necesitar más tiempo para sentirse seguro.
No existe un calendario universal para adaptarse al colegio.
¿Por qué puede seguir llorando?
Porque ir al colegio supone muchísimos cambios.
Nuevos adultos.
Nuevos niños.
Nuevos espacios.
Nuevas normas.
Nuevos horarios.
Más tiempo separado de mamá y papá.
Más autonomía.
Más estímulos.
Más cansancio.
Y todo esto puede resultar intenso, incluso aunque el niño aparentemente esté disfrutando.
A veces no es que no le guste el colegio.
Es que todavía está aprendiendo a sentirse seguro allí.
“Pero cuando le recojo está contento”
Esta situación desconcierta mucho a las familias.
“Por la mañana llora muchísimo y luego, cuando le recojo, está feliz.”
¿Entonces qué ocurre?
Pues que pueden coexistir las dos cosas.
Puede haberle costado separarse de nosotros y, al mismo tiempo, haber tenido una buena mañana.
Puede haber echado de menos a mamá o papá y haber disfrutado jugando.
Puede haber llorado al entrar y después haberse tranquilizado.
Las emociones no funcionan como interruptores.
Puede estar triste porque te vas y estar bien cuando ya no estás.
Y eso no significa que el llanto de la entrada no haya sido real.
El llanto no siempre significa que esté mal
Esta es una idea importante.
Llorar es una forma de expresar emociones.
Un niño puede llorar porque está triste, porque tiene miedo, porque está cansado, porque necesita seguridad o porque le cuesta separarse.
Pero llorar no nos permite saber por sí solo exactamente qué está ocurriendo.
Por eso es interesante mirar el conjunto.
¿Cómo está durante el resto del día?
¿Participa?
¿Juega?
¿Se relaciona?
¿Come?
¿Duerme razonablemente bien?
¿Habla de sus compañeros o de su profesora?
¿Hay momentos en los que disfruta?
¿Poco a poco aparecen señales de confianza?
Todo esto nos puede dar mucha más información que preguntarnos únicamente:
“¿Sigue llorando al entrar?”
También puede ocurrir que el llanto aparezca ahora
Y esto es algo que puede preocupar todavía más.
Hay niños que los primeros días entran perfectamente.
Y cuando llevan una semana o dos…
Empiezan a llorar.
“¡Pero si al principio iba fenomenal!”
Sí.
Y también puede ser normal.
A veces al principio todo es novedad.
Hay tanta información nueva que el niño simplemente está procesando.
Cuando empieza a entender que el colegio no es algo puntual, sino que forma parte de su rutina, puede aparecer la necesidad de expresar lo que siente.
Puede pensar:
“Entonces esto va a ser así todos los días y mamá se va.”
Y el llanto aparece.
No significa necesariamente que la adaptación esté empeorando.
Puede formar parte del propio proceso.
¿Debemos decirle que no llore?
Aunque lo hagamos con la intención de ayudar, frases como:
“No llores.”
“Eres mayor.”
“Ya eres grande.”
“Si lloras, mamá se pone triste.”
“Los demás no lloran.”
“Si lloras, no me voy.”
pueden hacer que el niño sienta que su emoción es un problema.
Podemos probar con algo diferente:
“Sé que te cuesta despedirte.”
“Te gustaría que me quedara contigo.”
“Entiendo que estés triste.”
“Tu profe va a estar contigo.”
“Después del cole voy a volver a buscarte.”
No estamos haciendo que llore más.
Estamos ayudándole a poner palabras a lo que siente.
¿Y si llora muchísimo?
También podemos mantener el límite.
Validar no significa que podamos quedarnos indefinidamente.
Podemos decir:
“Sé que no quieres que me vaya. Te quiero muchísimo y voy a volver después de comer.”
Un abrazo.
Un beso.
Una despedida clara.
Y marcharnos.
Las despedidas interminables pueden hacer que el momento sea todavía más difícil.
A veces pensamos:
“Voy a esperar un poquito más hasta que deje de llorar.”
Y el niño vuelve a agarrarse.
“Solo un minuto más.”
Y otro.
Y otro.
Y la separación se convierte en un momento cada vez más largo y angustioso.
Una despedida breve, cariñosa y predecible puede ayudar más.
No necesitamos desaparecer sin que se dé cuenta
También puede aparecer la tentación de irnos cuando está distraído.
“Así no llora.”
Pero cuando un niño descubre que mamá o papá ha desaparecido sin despedirse, puede aumentar la incertidumbre.
¿Y si la próxima vez no vuelve?
¿Y si mamá desaparece otra vez?
Por eso, siempre que sea posible, podemos despedirnos.
Aunque llore.
Aunque nos duela.
Aunque sea difícil.
“Me voy ahora. Después vuelvo a buscarte.”
Podemos crear pequeños rituales
Las rutinas ayudan a que las despedidas sean previsibles.
Un beso especial.
Un abrazo.
Una frase que repetimos cada mañana.
Un pequeño dibujo en la mano.
Un gesto secreto.
“Dos besos y un abrazo de oso.”
Lo importante no es el ritual concreto.
Lo importante es que el niño pueda anticipar:
“Ahora hacemos esto y después mamá se va.”
La previsibilidad aporta seguridad.
Y nosotros también tenemos que gestionar nuestras emociones
Porque hay algo de lo que hablamos poco.
A los padres también nos cuesta la separación.
Ver llorar a nuestro hijo puede hacer que nos entren ganas de llevárnoslo a casa.
Podemos pensar:
“Pobrecito.”
“Quizá no debería dejarlo.”
“¿Y si lo está pasando fatal?”
Y es completamente comprensible.
Pero nuestros hijos también perciben nuestras dudas.
Si cada mañana transmitimos que el colegio es algo terrible, aunque nuestras palabras digan lo contrario, puede ser más difícil para ellos confiar.
No se trata de fingir.
Se trata de intentar transmitir:
“Sé que esto es difícil y confío en que puedes hacerlo. Y sé que los adultos que están contigo te van a cuidar.”
¿Cuándo deberíamos prestar más atención?
Que un niño llore después de dos semanas no significa automáticamente que exista un problema.
Pero sí merece la pena observar cómo está en general.
Podemos hablar con su profesora y preguntarle:
- ¿Cuánto tiempo permanece llorando después de la despedida?
- ¿Consigue tranquilizarse?
- ¿Juega durante el día?
- ¿Busca a otros niños?
- ¿Participa en las actividades?
- ¿Come y descansa con normalidad?
- ¿Hay algún momento concreto que parezca resultarle especialmente difícil?
La información del colegio puede ayudarnos a distinguir entre un llanto asociado a la separación y un malestar que se mantiene durante toda la jornada.
Y si observamos un malestar intenso y persistente, cambios importantes en su comportamiento o algo que nos preocupa especialmente, podemos pedir orientación al centro y, si es necesario, a un profesional especializado.
No comparemos adaptaciones
“Su hermano entró sin llorar.”
“Su amiga ya entra sola.”
“Los demás niños están tan contentos…”
Es muy fácil comparar.
Pero la comparación no nos ayuda demasiado.
Hay niños que necesitan tres días.
Otros necesitan semanas.
Otros tienen una adaptación aparentemente sencilla y después atraviesan un momento más complicado.
No existe una medalla por adaptarse antes.
Quizá la pregunta no sea “¿cuándo dejará de llorar?”
Quizá podemos cambiar la pregunta.
En lugar de:
“¿Cuándo va a dejar de llorar?”
podemos preguntarnos:
“¿Qué necesita para sentirse un poquito más seguro?”
Quizá necesita una rutina.
Quizá necesita saber quién le recoge.
Quizá necesita llevar un pequeño objeto de casa.
Quizá necesita más tiempo.
Quizá necesita hablar de lo que ocurre.
Quizá necesita que dejemos de preguntarle cada día:
“¿Has llorado?”
Y empecemos a preguntarle:
“¿Qué ha sido lo mejor de hoy?”
“¿Con quién has jugado?”
“¿Qué te ha hecho reír?”
“¿Hubo algo que no te gustó?”
Porque el colegio no es solamente la despedida de las nueve de la mañana.
Hay muchas horas después de ese momento.
Y sí, puede seguir llorando
Puede llevar dos semanas.
Tres.
O incluso más.
Y eso no significa que lo estemos haciendo mal.
Tampoco significa automáticamente que no le guste el colegio.
Significa que hay un niño que está atravesando un cambio importante y que todavía está aprendiendo a gestionar esa separación.
Nuestro trabajo no es conseguir que deje de llorar cuanto antes.
Nuestro trabajo es acompañarle mientras aprende.
Dar seguridad.
Poner palabras.
Mantener rutinas.
Confiar.
Escuchar.
Y estar disponibles.
Porque quizá un día, sin avisar, llegará esa mañana en la que entrará corriendo.
O quizá primero habrá un día en el que llorará un poquito menos.
Después otro.
Y otro.
Y nosotros ni siquiera nos daremos cuenta de cuándo ocurrió.
La adaptación no siempre se ve de golpe. A veces sucede poquito a poquito.
Así que si después de dos semanas todavía hay lágrimas en la puerta del colegio, respiremos.
No estamos necesariamente ante un problema.
Estamos acompañando un proceso.
Y cada niño tiene el suyo.
Seguimos Evolucriando.



