Cómo acompañarlos
“¡Mamá, no apagues la luz!”
“¿Puedes quedarte conmigo hasta que me duerma?”
“Hay algo debajo de la cama.”
“¡No quiero estar solo!”
El miedo a la oscuridad es una de esas etapas que pueden aparecer de repente y que dejan a muchas familias preguntándose qué ha pasado.
Porque quizá hace unos meses nuestro hijo se dormía tranquilamente con la habitación a oscuras y, de pronto, apagar la luz se convierte en un auténtico problema.
¿De dónde viene ese miedo?
¿Está imaginando cosas?
¿Tenemos que dejarle una luz encendida?
¿Debemos decirle que no hay nada que temer?
La respuesta no es simplemente “no pasa nada”.
Porque para nosotros puede no haber absolutamente nada en esa habitación.
Pero para un niño que está desarrollando su imaginación, la oscuridad puede hacer que aquello que no puede ver se convierta en aquello que imagina.
¿Por qué aparece el miedo a la oscuridad?
El miedo forma parte del desarrollo infantil.
A medida que los niños crecen, también crece su capacidad para imaginar situaciones, personajes y peligros.
Y esto tiene una parte maravillosa.
Pueden inventar historias.
Crear mundos.
Jugar a ser superhéroes.
Convertir una caja en una casa.
Imaginar que una manta es una capa.
Pero esa misma imaginación que les permite crear cosas increíbles también puede hacer que, cuando llega la noche, una sombra parezca un monstruo.
Y cuando apagamos la luz, desaparecen muchos de los elementos que durante el día les ayudan a entender qué hay alrededor.
Una silla puede convertirse en una figura.
Una sombra puede parecer alguien.
Un ruido puede parecer mucho más importante.
Y aunque nosotros sepamos perfectamente de dónde viene, ellos todavía están aprendiendo a distinguir entre lo que imaginan y lo que realmente está ocurriendo.
“Pero sabe que los monstruos no existen…”
Puede que lo sepa durante el día.
Y aun así tener miedo por la noche.
Esto es importante.
Un niño puede decir por la mañana:
“Los monstruos no existen.”
Y unas horas después, en la cama:
“¡Mamá, creo que hay uno en mi habitación!”
No necesariamente está siendo incoherente.
El miedo no siempre responde a la lógica.
Cuando estamos tranquilos podemos entender perfectamente que una sombra es una cortina.
Pero cuando sentimos miedo, nuestro cerebro está mucho más pendiente de detectar posibles amenazas.
Por eso, decir simplemente:
“Pero si sabes que no existe.”
no siempre consigue que el miedo desaparezca.
¿Qué hacemos cuando tiene miedo?
Lo primero: acompañar.
Podemos acercarnos, escucharle y poner palabras a lo que está sintiendo.
“Veo que te ha dado miedo.”
“Esa sombra te ha asustado.”
“Estoy aquí contigo.”
“Vamos a mirar juntos.”
No estamos confirmando que exista un monstruo.
Estamos reconociendo que el miedo que siente sí es real.
Y eso es muy diferente.
¿Tenemos que decirle que no hay nada?
Podemos ayudarle a comprobar qué está ocurriendo.
Si dice:
“Hay alguien detrás de la cortina.”
Podemos encender la luz y enseñarle:
“Mira, vamos a comprobarlo juntos. Es la cortina.”
De esta manera le ayudamos a conectar lo que imaginó con lo que realmente había.
Pero tampoco necesitamos registrar toda la habitación cada noche.
Porque podemos acabar transmitiendo involuntariamente que efectivamente hay algo que comprobar.
La idea es acompañar, no convertirnos en detectives de monstruos.
¿Y si necesita una luz?
No hay ningún problema en utilizar una luz tenue si le ayuda a sentirse seguro.
Una pequeña luz de noche puede hacer que la habitación deje de ser completamente desconocida cuando apagamos la luz principal.
Con el tiempo, quizá ya no la necesite.
Y si la necesita durante una temporada, tampoco pasa nada.
No necesitamos convertir la oscuridad en una prueba que tenga que superar.
Lo que podemos evitar
Hay frases que decimos muchas veces con buena intención, pero que pueden hacer que el niño se sienta incomprendido.
“No seas bebé.”
“Eso es una tontería.”
“Los monstruos no existen, así que no tienes miedo.”
“Venga, que eres mayor.”
“Tu hermano duerme solo.”
“Si sigues así, nunca aprenderás.”
El problema de estas frases es que pueden añadir un segundo sentimiento al miedo:
la vergüenza.
Y ahora el niño no solamente tiene miedo.
También puede pensar:
“Está mal tener miedo.”
“Soy pequeño.”
“Estoy haciendo algo mal.”
En lugar de ayudarle a sentirse seguro, podemos hacer que le cueste más hablar de lo que siente.
Pero tampoco necesitamos alimentar el miedo
Acompañar no significa decir:
“Sí, puede que haya un monstruo.”
“Voy a mirar debajo de la cama por si acaso.”
“Vamos a cerrar bien la puerta para que no entre nadie.”
Aunque en ese momento parezca que funciona, podemos estar reforzando la idea de que realmente existe un peligro del que debe protegerse.
Podemos validar la emoción sin validar aquello que la imaginación está creando.
Por ejemplo:
“Sé que tienes miedo. Los monstruos que imaginas pueden parecer muy reales cuando estás asustado, pero estás seguro. Estoy aquí contigo.”
Podemos jugar con el miedo durante el día
El juego puede ser una herramienta maravillosa.
Podemos crear monstruos divertidos.
Dibujarlos.
Inventarles nombres.
Hacer que tengan miedo de cosas absurdas.
Un monstruo que tiene miedo de los calcetines.
Otro que solo come brócoli.
Otro que estornuda cuando escucha una canción.
El humor puede ayudar a que aquello que asusta pierda parte de su poder.
Pero siempre respetando el ritmo del niño.
Si realmente está asustado, no necesitamos hacer bromas inmediatamente.
Primero seguridad.
Después, cuando esté preparado, podemos jugar.
También podemos preparar la noche
Las rutinas ayudan a que el momento de ir a dormir sea previsible.
Baño.
Pijama.
Cuento.
Un rato juntos.
Luz tenue.
Despedida.
Cada familia encontrará su propia rutina.
Lo importante es que el niño sepa qué va a ocurrir.
Y podemos anticiparle:
“Ahora vamos a leer el cuento, después apagaremos la luz y yo estaré un ratito contigo.”
La previsibilidad puede dar mucha seguridad.
¿Y si nos pide que nos quedemos?
Aquí cada familia tendrá que encontrar su manera.
Podemos acompañarle progresivamente.
Quizá unos días nos quedamos sentados cerca.
Después nos alejamos un poco.
Más adelante salimos antes de que se duerma.
O establecemos un pequeño ritual:
“Te doy un beso, te arropo y nos vemos por la mañana.”
No hay una única manera correcta.
Lo importante es que el proceso sea coherente y respetuoso con el niño.
¿Y si se despierta por la noche?
Podemos responder de la misma manera.
Sin grandes interrogatorios.
Sin enfadarnos.
Sin convertir cada despertar en una conversación interminable.
“Has tenido miedo. Estoy aquí.”
“Estás en tu habitación. Es de noche. Estás seguro.”
“Vamos a respirar juntos y a volver a dormir.”
Poco a poco irá aprendiendo que puede sentir miedo y que ese miedo también pasa.
El objetivo no es que nunca tenga miedo
Esta es quizá la idea más importante.
No queremos criar niños que nunca tengan miedo.
Queremos que aprendan:
“Puedo tener miedo y estar acompañado.”
“Puedo sentir algo que me asusta y aprender a manejarlo.”
“Puedo pedir ayuda cuando la necesito.”
El miedo forma parte de la vida.
Habrá oscuridad.
Habrá ruidos desconocidos.
Habrá situaciones nuevas.
Habrá cosas que todavía no comprendan.
Y nuestra tarea no siempre será eliminar aquello que les produce miedo.
Muchas veces será enseñarles que pueden atravesarlo sintiéndose seguros.
Así que la próxima vez que tu hijo diga:
“¡Mamá, tengo miedo de la oscuridad!”
Quizá no necesitemos responder:
“No pasa nada.”
Podemos decir:
“Sé que te da miedo. Estoy aquí. Vamos a ver juntos qué necesitas para sentirte un poquito más seguro.”
Porque quizá no necesite que le demostremos que no hay nada que temer.
Quizá necesite descubrir que aunque tenga miedo, no está solo.
Seguimos Evolucriando.



