Cómo acompañarlos sin obligarles a ser valientes
Calabazas, disfraces, fantasmas, monstruos, brujas, arañas, casas encantadas…
Halloween puede ser una fiesta divertida, llena de juegos, imaginación y momentos compartidos. Pero también puede despertar algo que a algunos niños no les resulta tan divertido: el miedo.
Y aquí aparece una pregunta que muchas familias se hacen:
¿Qué hacemos cuando nuestro hijo tiene miedo en Halloween?
¿Le decimos que no pasa nada?
¿Intentamos convencerle de que los monstruos no existen?
¿Le animamos a enfrentarse al miedo?
¿O simplemente evitamos todo aquello que pueda asustarle?
Como ocurre tantas veces en la crianza, probablemente no haya una única respuesta.
Porque lo importante no es conseguir que nuestros hijos no tengan miedo.
Lo importante es que aprendan que pueden sentir miedo y que no tienen que enfrentarse a él solos.
Halloween puede ser divertido… y dar miedo al mismo tiempo
A veces los adultos olvidamos algo muy sencillo: nosotros sabemos que detrás de un disfraz hay una persona.
Sabemos que ese fantasma no es real.
Que esa bruja es alguien disfrazado.
Que la sangre es de mentira.
Que el monstruo de la casa encantada forma parte del juego.
Pero un niño pequeño puede no vivirlo exactamente igual.
Aunque sepa que “es Halloween”, su cuerpo puede reaccionar ante una imagen, un sonido o una persona disfrazada como si realmente existiera una amenaza.
Y además, cada niño es diferente.
Hay niños que disfrutan muchísimo con los sustos, los disfraces y los monstruos.
Otros prefieren una calabaza sonriente antes que una terrorífica.
Y otros directamente dicen:
“Yo ahí no entro.”
Y también está bien.
No todos los niños tienen que disfrutar del miedo
Quizá una de las cosas que más necesitamos recordar como adultos es que no disfrutar de algo que da miedo no significa ser cobarde.
A veces podemos caer en frases como:
“Pero si no pasa nada.”
“¡No tengas miedo!”
“¡Mira, si es papá disfrazado!”
“Venga, que eres mayor.”
“Tus amigos sí entran.”
Aunque las digamos con buena intención, pueden hacer que el niño sienta que su miedo no debería estar ahí.
Y cuando un niño siente miedo, normalmente no necesita que le expliquemos inmediatamente por qué no debería tenerlo.
Primero necesita sentirse seguro.
Podemos decir:
“Veo que esto te ha asustado.”
“No te ha gustado ese disfraz, ¿verdad?”
“Estoy aquí contigo.”
“Podemos alejarnos si quieres.”
Parece algo muy sencillo.
Y, sin embargo, estamos transmitiendo un mensaje enorme:
“Lo que sientes importa y puedes contar conmigo.”
¿Debemos evitar aquello que le da miedo?
Aquí también aparecen muchas dudas.
Si nuestro hijo tiene miedo a los disfraces de Halloween, ¿debemos evitar que los vea?
Si no quiere entrar en una casa del terror infantil, ¿tenemos que animarle a hacerlo?
Si le dan miedo las arañas, ¿debemos enseñarle una para que se acostumbre?
No existe una respuesta válida para todos los niños y todas las situaciones.
Pero sí podemos preguntarnos algo:
¿Estamos acompañando su miedo o estamos intentando quitárselo de encima porque nos incomoda verlo?
Porque a veces somos nosotros quienes tenemos prisa por demostrarle que “no pasa nada”.
Y para nuestro hijo sí está pasando algo.
Está sintiendo miedo.
No necesitamos hacer que desaparezca inmediatamente.
Podemos acompañarlo.
Una cosa es acompañar y otra obligar
Hay una diferencia importante entre ayudar a un niño a acercarse poco a poco a algo que le asusta y obligarle a enfrentarse a ello.
Imaginemos que en la fiesta de Halloween del colegio hay una zona decorada con monstruos.
Nuestro hijo se queda en la puerta y dice:
“Yo no entro.”
Podemos entrar nosotros primero.
Podemos enseñarle desde lejos.
Podemos preguntarle si quiere acercarse.
Podemos ofrecerle nuestra mano.
O simplemente podemos aceptar:
“Vale. Nos quedamos aquí.”
Quizá dentro de diez minutos quiera entrar.
Quizá no.
Y no pasa nada.
Acompañar no significa empujar.
Significa ofrecer seguridad, opciones y tiempo.
Podemos prepararles antes de Halloween
Una buena manera de ayudar a los niños que son más sensibles al miedo es anticipar lo que van a encontrarse.
Podemos hablar con ellos unos días antes.
Contarles qué vamos a hacer.
Enseñarles fotografías del lugar si vamos a una fiesta.
Explicarles que algunas personas llevarán disfraces.
Que algunos serán divertidos y otros pueden parecer un poco terroríficos.
Incluso podemos jugar en casa.
Disfrazarnos de monstruos, hacer voces, inventar personajes o crear una calabaza.
El juego simbólico permite que el niño tenga cierto control sobre aquello que le asusta.
Y algo que desde fuera puede parecer aterrador puede convertirse poco a poco en un juego.
El humor también puede ser una herramienta
¿Y si ese monstruo tuviera cosquillas?
¿Y si la bruja se hubiera olvidado de cómo hacer una pócima?
¿Y si el fantasma tuviera miedo de los gatos?
A través del juego y el humor podemos ayudar a los niños a cambiar la manera en la que perciben determinadas situaciones.
Pero siempre respetando sus límites.
Si no quiere jugar a eso, tampoco necesitamos insistir.
Cuidado con utilizar el miedo para conseguir algo
Halloween puede parecer un momento divertido para gastar bromas.
Pero hay una línea que conviene tener presente.
Una cosa es jugar con el miedo y otra utilizar el miedo para asustar de verdad a un niño.
Es importante tener especial cuidado con bromas como:
“Si no te portas bien, vendrá el monstruo.”
“Como sigas así, te va a llevar la bruja.”
“¡Mira quién viene! ¡Te va a coger!”
Quizá para nosotros sea una broma.
Para un niño pequeño puede convertirse en un miedo real.
Y si algo sabemos sobre los miedos infantiles es que no necesitamos añadirles más.
¿Y si después tiene pesadillas?
Puede ocurrir.
Una experiencia que para nosotros ha sido simplemente divertida puede quedarse dando vueltas en la cabeza de un niño.
Si después tiene miedo por la noche, podemos escucharle.
Podemos preguntarle qué ha ocurrido.
Podemos ayudarle a diferenciar entre imaginación y realidad, pero sin ridiculizar aquello que siente.
“Eso que has visto en Halloween era un disfraz. Ahora estamos en casa y estás seguro.”
“Tu cabeza se ha acordado del monstruo y te ha dado miedo.”
“Estoy contigo.”
Y quizá necesite un poco más de acompañamiento durante unos días.
Más cuentos.
Más abrazos.
Una luz encendida.
Dormirse acompañado.
No estamos creando una dependencia por ofrecer seguridad cuando la necesita.
Estamos ayudándole a recuperar la sensación de seguridad.
Y si a nuestro hijo le encanta Halloween…
También merece la pena decir lo contrario.
Hay niños que disfrutan muchísimo con todo esto.
Les encantan los monstruos, los sustos, las historias de miedo y disfrazarse.
No tenemos por qué transmitirles miedo a ellos.
Podemos disfrutar juntos.
Inventar historias.
Preparar una decoración.
Hacer manualidades.
Crear una búsqueda del tesoro terrorífica.
Cocinar algo relacionado con Halloween.
Ver cuentos o películas adecuadas a su edad.
Porque acompañar el miedo no significa eliminar todo aquello que pueda provocar miedo.
Significa respetar cómo lo vive cada niño.
¿Qué podemos hacer si nuestros hijos tienen miedo en Halloween?
Algunas ideas sencillas:
- Anticipar qué van a encontrarse.
- Explicar que los disfraces son parte del juego.
- Dejar que observen antes de participar.
- No obligarles a entrar en lugares que les asustan.
- Ofrecer nuestra compañía y nuestra mano.
- Validar lo que sienten.
- Utilizar el juego y el humor cuando estén preparados.
- Evitar bromas que utilicen el miedo como amenaza.
- Respetar que cada niño tiene un nivel diferente de tolerancia al miedo.
- Darles tiempo para acercarse si quieren.
- Recordarles que siempre pueden pedir ayuda.
Y, sobre todo, intentar no convertir su miedo en un problema que tenemos que solucionar inmediatamente.
Porque tener miedo también forma parte de crecer
Queremos que nuestros hijos sean valientes.
Pero quizá hemos confundido alguna vez valentía con no tener miedo.
Y no es lo mismo.
Ser valiente también puede ser decir:
“Esto me da miedo.”
Pedir ayuda.
Alejarse.
Esperar.
Probar cuando uno está preparado.
Y volver a intentarlo otro día.
En Halloween, como en tantas otras situaciones de la infancia, no necesitamos que nuestros hijos demuestren nada.
No tienen que entrar en la casa encantada.
No tienen que disfrazarse de algo terrorífico.
No tienen que hacerse una foto con el monstruo.
No tienen que demostrar que son mayores.
Pueden simplemente ser niños.
Y nosotros podemos estar ahí.
A su lado.
Sin reírnos de sus miedos.
Sin obligarles a enfrentarse a ellos.
Sin intentar hacerlos desaparecer demasiado rápido.
Porque quizá una de las mejores formas de enseñarles a gestionar el miedo sea precisamente esta:
“Puedes tener miedo. Yo estoy aquí. Y juntos veremos qué necesitas.”
Y eso, quizá, sea mucho más importante que conseguir que nuestro hijo sea valiente en Halloween.
Seguimos Evolucriando.



