Cómo involucrar a los niños en la organización de un viaje.

Porque viajar también empieza antes de salir de casa

Cuando pensamos en organizar un viaje en familia, normalmente los adultos nos encargamos de todo.

Buscamos el destino.

Miramos alojamientos.

Comparamos precios.

Reservamos los vuelos.

Pensamos en las comidas.

Preparamos las maletas.

Organizamos las excursiones.

Y, cuando creemos que lo tenemos todo controlado, llega la pregunta:

“¿Y si hacemos que ellos también formen parte de la organización?”

Porque viajar con niños no tiene por qué significar que los adultos lo decidimos todo y ellos simplemente siguen el plan.

De hecho, involucrarles en la preparación puede convertir el propio viaje en una experiencia mucho más enriquecedora.

Y no hace falta que tengan diez años para hacerlo.

Cada edad permite participar de una manera diferente.

Viajar también empieza antes de llegar al destino

Para nosotros, un viaje puede empezar cuando compramos los billetes.

Para ellos puede empezar mucho antes.

Cuando les contamos dónde vamos.

Cuando buscamos juntos una foto del lugar.

Cuando miramos un mapa.

Cuando hablamos de qué veremos.

Cuando imaginamos cómo será el hotel.

Cuando preparamos la maleta.

Cuando contamos los días que faltan.

Toda esa preparación forma parte del viaje.

Y puede ser una oportunidad fantástica para despertar su curiosidad.

¿Qué podemos dejar que elijan?

No significa que los niños tengan que decidir dónde vamos, cuánto gastamos o qué vuelos compramos.

Somos los adultos quienes tenemos que tomar muchas de esas decisiones.

Pero podemos buscar pequeñas decisiones que sí puedan asumir.

Por ejemplo:

“De estos dos sitios, ¿cuál te gustaría visitar?”

“¿Prefieres ir al acuario o al museo de ciencias?”

“¿Qué cuento quieres llevarte?”

“¿Qué juego metemos en la mochila?”

“¿Qué canción escuchamos durante el viaje?”

“¿Qué comida te gustaría probar?”

“¿Quieres llevar tu mochila azul o la roja?”

Puede parecer poca cosa.

Pero para ellos significa:

“Mi opinión también cuenta.”

Podemos investigar juntos el destino

Esta es una de las maneras más sencillas de involucrarles.

Si vamos a viajar a una ciudad, podemos buscar juntos imágenes.

Si vamos a la montaña, podemos mirar qué animales viven allí.

Si vamos a otro país, podemos descubrir qué idioma se habla.

Si vamos a la playa, podemos investigar qué podemos encontrar en la zona.

Si vamos a visitar un parque temático, podemos mirar qué atracciones hay.

No necesitamos convertirlo en una clase.

Simplemente podemos despertar su curiosidad.

“¿Sabías que allí hay…?”

“¿Qué crees que vamos a encontrar?”

“¿Qué te gustaría ver?”

Y quizá nos sorprendan con sus preguntas.

Podemos utilizar un mapa

A los niños suele resultarles muy interesante descubrir dónde están y hacia dónde van.

Podemos enseñarles el recorrido.

“Nosotros estamos aquí.”

“Vamos a ir hasta aquí.”

“Primero vamos en coche.”

“Después cogeremos un avión.”

“Y cuando lleguemos estaremos allí.”

Para los más pequeños puede ser suficiente con señalar el destino.

Para los mayores podemos incluso dejar que busquen información, calculen distancias o descubran cuánto dura el viaje.

Sin darnos cuenta, estarán trabajando geografía, orientación, lectura, matemáticas y comprensión del mundo real.

Pero lo más importante es que estarán formando parte de la aventura.

¿Y si hacemos una lista de cosas que queremos hacer?

Podemos crear juntos una pequeña lista.

No hace falta intentar verlo todo.

De hecho, quizá sea mucho más interesante preguntar:

“Si solo pudiéramos hacer tres cosas, ¿cuáles elegirías?”

Esto nos ayuda a descubrir qué les interesa realmente.

Y también nos permite hablar de algo importante:

en un viaje no podemos hacerlo todo.

Habrá cosas que no podamos visitar.

Días en los que estaremos cansados.

Planes que tendremos que cambiar.

Y eso también forma parte de viajar.

Podemos preparar juntos el itinerario

Con niños más mayores podemos incluso preparar un pequeño calendario.

Lunes: llegada.

Martes: visita.

Miércoles: día tranquilo.

Jueves: excursión.

Viernes: vuelta.

Los niños pueden elegir algún plan.

También pueden dibujar lo que vamos a hacer.

O escribirlo.

O preparar una pequeña guía familiar.

Para los más pequeños podemos hacer dibujos en lugar de palabras.

Un avión.

Una playa.

Un coche.

Un helado.

Un parque.

Así pueden entender qué vamos a hacer aunque todavía no sepan leer.

Pero cuidado con organizarlo absolutamente todo

Aquí quizá está una de las claves.

Si queremos que el viaje sea una experiencia familiar, no necesitamos llenar cada minuto.

A veces los adultos nos ponemos nerviosos pensando que tenemos que aprovechar el viaje al máximo.

“Ya que estamos aquí, tenemos que verlo.”

“Ya que hemos pagado, tenemos que ir.”

“Tenemos que hacer esta excursión.”

“Tenemos que aprovechar el día.”

Y acabamos agotados.

Los niños también.

Viajar no debería convertirse en una competición por ver cuántas cosas somos capaces de hacer.

A veces un rato jugando en el hotel.

Una siesta.

Un helado.

Un paseo sin destino.

O estar en la playa sin hacer nada especial también forman parte del viaje.

Pueden tener una pequeña responsabilidad

Dependiendo de la edad, podemos asignarles alguna tarea.

Preparar su mochila.

Comprobar que llevan su botella de agua.

Elegir un libro.

Guardar el mapa.

Llevar una pequeña bolsa.

Comprobar qué necesitamos antes de salir.

Hacer fotografías.

Anotar lugares que hemos visitado.

No se trata de cargarles con responsabilidades.

Se trata de darles pequeñas parcelas de autonomía.

Y muchas veces disfrutan muchísimo sintiendo que tienen una misión.

Preparar la maleta también puede ser parte del viaje

En lugar de preparar nosotros todas las maletas mientras ellos juegan, podemos involucrarles.

“¿Qué crees que necesitamos para el viaje?”

Podemos hacer una lista juntos.

Ropa.

Pijama.

Zapatos.

Neceser.

Libro.

Juguete.

Gorra.

Chaqueta.

Y después dejar que preparen algunas cosas.

Sí, probablemente tendremos que revisar la maleta.

Y quizá encontremos cinco coches, dos muñecos y ningún pantalón.

Pero forma parte del aprendizaje.

Podemos acompañar sin hacerlo todo por ellos.

Podemos hablar de lo que puede pasar durante el viaje

Esto es especialmente importante cuando son pequeños.

Si van a viajar en avión, podemos explicar qué ocurrirá.

Si van a dormir fuera, podemos contarles cómo será.

Si vamos a un lugar nuevo, podemos anticipar algunas cosas.

“No vamos a conocer el hotel.”

“Habrá gente que no conocemos.”

“Puede que haya mucho ruido.”

“Quizá tengamos que esperar.”

“Puede que el plan cambie.”

Prepararles no significa transmitirles miedo.

Significa ayudarles a saber qué pueden encontrarse.

Y eso puede hacer que se sientan más seguros.

¿Y si ellos quieren hacer algo que no estaba en nuestros planes?

Aquí aparece una de las mejores partes de viajar con niños.

Quizá nos lleven a descubrir algo que nosotros no habíamos previsto.

Una tienda.

Un parque.

Una plaza.

Un animal.

Una heladería.

Una fuente.

Un lugar donde quieren parar.

Y podemos preguntarnos:

¿Tenemos que seguir siempre nuestro plan?

A veces podemos cambiarlo.

Porque un viaje en familia no debería ser únicamente cumplir el itinerario que habíamos preparado en casa.

También debería dejar espacio para lo inesperado.

Podemos darles una pequeña cantidad de dinero

Con niños más mayores, viajar también puede ser una oportunidad para aprender a gestionar dinero.

Podemos darles una cantidad determinada para que decidan si quieren comprar un recuerdo.

“Esto es lo que tienes para tu viaje. Tú decides en qué quieres gastarlo.”

Puede que lo gasten el primer día.

Puede que decidan ahorrar.

Puede que compren algo que después nos parezca absurdo.

Y sí, quizá queramos intervenir.

Pero también podemos dejarles experimentar las consecuencias de sus decisiones.

No todo aprendizaje tiene que ocurrir en casa.

Podemos convertirles en exploradores

Durante el viaje podemos proponer pequeños retos.

Encontrar algo de un determinado color.

Buscar un animal.

Localizar un monumento.

Aprender una palabra nueva.

Hacer una foto de algo curioso.

Encontrar el lugar más antiguo.

Preguntar cómo se llama una comida.

Descubrir algo que no sabían.

No hace falta convertirlo en una gymkana permanente.

Simplemente podemos despertar esa mirada curiosa que muchas veces tienen los niños de manera natural.

Y podemos dejarles espacio para aburrirse

Esto también es viajar.

No necesitamos entretenerles durante todo el trayecto.

Un viaje largo puede tener momentos de espera.

Un aeropuerto.

Un restaurante.

Una carretera.

Una estación.

Y no pasa nada.

Podemos llevar recursos, por supuesto.

Pero también podemos permitir que miren por la ventana, hablen, inventen juegos o simplemente se aburran un rato.

Porque no todo momento tiene que estar planificado.

Al volver, podemos recordar el viaje juntos

Y aquí no termina la experiencia.

Podemos sentarnos y mirar las fotografías.

Elegir nuestras favoritas.

Hacer un pequeño álbum.

Escribir qué fue lo que más nos gustó.

Preguntar:

“¿Qué fue lo que más te gustó?”

“¿Qué fue lo que menos?”

“¿Qué te sorprendió?”

“¿Qué repetirías?”

“¿Qué cambiarías?”

Incluso podemos descubrir que aquello que para nosotros fue lo mejor del viaje no coincide en absoluto con lo que ellos recuerdan.

Quizá nosotros recordemos un monumento.

Y ellos recuerden el helado.

Nosotros una excursión.

Ellos el hotel.

Nosotros una playa preciosa.

Ellos el momento en que vimos un perro.

Y eso también nos enseña mucho sobre ellos.

Porque viajar con niños no es viajar como adultos con niños

Es otra manera de viajar.

Más lenta.

Más imprevisible.

A veces más cansada.

Pero también llena de descubrimientos.

Porque cuando viajamos con ellos volvemos a mirar algunas cosas con otros ojos.

Nos detenemos.

Preguntamos.

Observamos.

Nos sorprendemos.

Y quizá descubrimos que no necesitamos enseñarles todo lo que hay en un lugar.

Podemos simplemente descubrirlo juntos.

Por eso, la próxima vez que organicemos un viaje, quizá podamos hacernos una pregunta diferente.

En lugar de pensar solamente:

“¿Qué tenemos que preparar?”

Podemos preguntarnos:

“¿Qué parte de la preparación podemos compartir con ellos?”

Porque involucrarles no significa darles el control del viaje.

Significa darles un lugar dentro de él.

Y quizá, cuando vuelvan a casa y alguien les pregunte qué tal el viaje, no solo puedan decir:

“Fuimos a…”

Sino también:

“Lo organizamos juntos.”

Y eso también es viajar.

Seguimos Evolucriando.


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