Las conductas agresivas en la infancia suelen ser una forma de expresión emocional, especialmente cuando aún no cuentan con las herramientas necesarias para poner en palabras lo que sienten. Pegar, empujar o morder puede aparecer como respuesta a la frustración, al miedo, a la sobreestimulación o a la dificultad para gestionar límites y conflictos.
Del mismo modo, cuando un niño o niña recibe golpes por parte de otros, necesita acompañamiento, validación y seguridad para comprender lo ocurrido y sentirse protegido. Más allá de corregir la conducta, es fundamental mirar qué hay detrás, acompañar la emoción y ofrecer modelos de resolución respetuosa de los conflictos, favoreciendo el desarrollo de la empatía y la autorregulación.



