¿Tiene mucho apego a su madre porque le cuesta separarse?

Qué significa realmente cuando un niño no quiere separarse

“Es que tiene muchísimo apego a su madre”.

“Con el padre se queda perfectamente, pero cuando me ve a mí empieza a llorar”.

“No quiere ir al cole si no le acompaño yo”.

“Se agarra a mí y no hay manera de que se quede con nadie”.

Seguro que alguna de estas frases nos resulta familiar.

Y es muy habitual que, cuando un niño tiene dificultades para separarse de su madre, alguien diga:

“Es que tiene mucho apego”.

Pero ¿realmente significa eso?

La respuesta corta es: no necesariamente.

Tener un vínculo de apego con una persona y tener dificultades para separarse de ella son cosas relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.

Y entender esta diferencia puede ayudarnos muchísimo a dejar de preocuparnos por situaciones que forman parte del desarrollo infantil y, sobre todo, a dejar de pensar que estamos haciendo algo mal porque nuestro hijo “no sabe separarse”.

¿Qué es realmente el apego?

El apego es el vínculo emocional que un niño establece con sus figuras de referencia.

Es esa relación que le permite sentirse cuidado, protegido y acompañado.

Durante los primeros años, los niños necesitan especialmente a sus adultos de referencia para regularse, sentirse seguros y explorar el mundo.

Por eso es completamente normal que un niño busque a su madre o a su padre cuando tiene miedo, está cansado, se encuentra mal, necesita consuelo o está ante una situación nueva.

La figura de apego funciona, en muchos momentos, como una especie de base segura desde la que el niño puede salir a explorar y a la que puede volver cuando necesita seguridad.

Pero tener apego no significa estar pegado constantemente.

Y tampoco significa que cuanto más llore un niño cuando su madre se marcha, más apego tenga.

Entonces, ¿por qué algunos niños lo pasan tan mal cuando mamá se va?

Porque separarse no siempre es fácil.

Y esto puede ocurrir por muchísimas razones.

La edad es una de ellas. La ansiedad ante la separación forma parte del desarrollo y puede aparecer con especial intensidad en determinadas etapas.

Pero también influyen el temperamento del niño, las experiencias previas, los cambios que esté viviendo, el cansancio, el momento concreto, el lugar en el que se produce la separación o incluso cuánto tiempo hace que no está con su figura de referencia.

No es lo mismo despedirse de mamá un lunes por la mañana después de un fin de semana juntos que separarse después de varios días de vacaciones.

Tampoco es lo mismo hacerlo descansado y tranquilo que después de una noche complicada.

Y tampoco todos los niños reaccionan igual.

Hay niños que dicen:

“Adiós, mamá”.

Y entran corriendo.

Otros necesitan un abrazo largo.

Otros lloran.

Otros se agarran a la pierna.

Otros preguntan varias veces cuándo volverá.

Y otros parecen no necesitar apenas despedirse.

Todas esas respuestas pueden existir dentro de la normalidad.

¿Llorar cuando mamá se va significa que tiene demasiado apego?

No.

Y aquí hay una idea importante que merece la pena recordar:

El llanto ante una separación no mide cuánto apego tiene un niño.

Un niño puede llorar porque no quiere separarse de su madre.

Puede llorar porque la echa de menos.

Puede llorar porque la situación le genera inseguridad.

Puede llorar porque todavía no sabe manejar bien esa emoción.

Puede llorar porque está cansado.

Puede llorar porque la despedida ha sido demasiado rápida.

O simplemente porque, en ese momento, no quería que mamá se fuera.

Eso no nos permite concluir automáticamente que exista “demasiado apego”.

De hecho, tampoco deberíamos utilizar el término “mucho apego” como si tener un vínculo estrecho con la madre fuera algo negativo.

Necesitar a nuestra figura de referencia durante la infancia no es un problema que tengamos que solucionar.

Lo que sí podemos acompañar es la dificultad que pueda existir para separarse.

“Con otras personas está bien, pero cuando aparece mamá empieza a llorar”

Esta situación desconcierta muchísimo a las familias.

Por ejemplo:

El niño se queda con los abuelos y está jugando tranquilamente.

Mamá llega.

La ve.

Y de repente empieza a llorar, se agarra a ella y parece que ya no quiere separarse.

Y entonces aparece la pregunta:

“¿Ves? Es que conmigo tiene demasiado apego”.

Pero puede estar ocurriendo algo mucho más sencillo.

Cuando el niño está con los abuelos, puede estar entretenido, jugando y adaptándose a esa situación.

Cuando aparece su figura de referencia, puede permitirse liberar la tensión que estaba conteniendo.

Es como si su cuerpo dijera:

“Ya está mamá. Ahora puedo dejar salir todo lo que estaba sintiendo”.

Y eso puede traducirse en llanto, brazos, necesidad de contacto o incluso enfado.

No significa necesariamente que estuviera mal antes.

Ni que mamá haya hecho algo mal.

Ni que tenga “demasiado apego”.

¿Y si solo quiere estar con mamá?

También aquí conviene mirar un poco más allá.

Que un niño tenga una preferencia muy marcada por su madre durante una etapa no significa que vaya a ser siempre así.

Los niños atraviesan fases.

Puede haber temporadas en las que mamá sea “la única”.

Después puede llegar una etapa en la que papá sea quien todo lo haga bien.

Y más adelante puede volver a cambiar.

A veces incluso ocurre que el niño rechaza a uno de sus progenitores durante un tiempo determinado.

Y esto puede doler muchísimo.

Pero las preferencias infantiles no siempre son un reflejo de la calidad del vínculo.

No necesitamos convertir cada “mamá, tú” en un diagnóstico sobre nuestro apego.

¿Qué podemos hacer cuando la separación cuesta?

En lugar de intentar conseguir que el niño deje de llorar a toda costa, podemos ayudarle a atravesar esa separación.

Podemos anticiparle lo que va a ocurrir:

“Ahora voy a irme y tú te vas a quedar con la abuela. Después de merendar vendré a buscarte”.

Podemos despedirnos.

Podemos mantener un ritual sencillo y predecible.

Podemos validar:

“Sé que no quieres que me vaya. Te gustaría que me quedara contigo”.

Y podemos transmitir seguridad:

“Te voy a echar de menos, pero sé que vas a estar bien. Después volveré”.

No necesitamos convencerle de que no esté triste.

Tampoco decir:

“No llores”.

“Si eres mayor”.

“Tu hermano no llora”.

“Qué exagerado”.

“Si mamá vuelve enseguida”.

Porque quizá para nosotros sean diez minutos.

Pero para un niño pequeño, la vivencia del tiempo y de la separación es diferente.

¿Debemos hacer las despedidas más largas para que se quede tranquilo?

No necesariamente.

A veces pensamos:

“Voy a quedarme hasta que deje de llorar”.

Y podemos terminar haciendo una despedida interminable.

Nos vamos.

Volvemos porque llora.

Nos despedimos otra vez.

Volvemos.

Y sin darnos cuenta, la separación se convierte en un momento todavía más intenso.

En muchas ocasiones ayuda más un ritual breve, afectuoso y predecible.

Un abrazo.

Una frase que siempre repetimos.

Un beso.

Y nos vamos.

No porque queramos ignorar lo que siente.

Precisamente porque confiamos en que puede atravesarlo acompañado por otro adulto de referencia.

“Pero si llora, ¿no deberíamos quedarnos?”

Esta es una de las preguntas que más nos cuesta responder como padres.

Porque escuchar llorar a nuestro hijo activa todas nuestras alarmas.

Nos hace pensar:

“Lo está pasando mal”.

“Soy mala madre”.

“Debería quedarme”.

“Quizá no está preparado”.

Y algunas veces necesitaremos replantearnos la situación.

Pero otras veces, llorar no significa que la separación sea perjudicial.

Una emoción puede estar presente y, al mismo tiempo, el niño puede estar seguro.

Puede echar de menos a mamá y sentirse cuidado por otra persona.

Puede llorar y después jugar.

Puede estar triste porque mamá se ha ido y, aun así, disfrutar de la mañana.

Las emociones no siempre significan que tengamos que eliminar aquello que las provoca.

A veces necesitan ser acompañadas.

Entonces, ¿qué nos dice que un niño tenga un vínculo seguro?

No podemos determinar la calidad del apego simplemente observando si un niño llora o no cuando su madre se marcha.

El vínculo es mucho más amplio.

Tiene que ver con la relación que se construye en el día a día: la sensibilidad hacia sus necesidades, la disponibilidad, el cuidado, la respuesta que recibe cuando busca consuelo, la posibilidad de explorar y volver a su figura de referencia cuando necesita seguridad.

Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos:

“¿Llora mucho cuando me voy?”

Y empezar a preguntarnos:

“¿Cómo estamos acompañando sus necesidades de seguridad y exploración?”

Y una cosa importante: que necesite a mamá no significa que mamá tenga que estar siempre

A veces, por miedo a que nuestro hijo lo pase mal, podemos terminar intentando evitar cualquier separación.

Y eso tampoco es necesario.

Los niños necesitan experimentar poco a poco que pueden estar con otras personas, que mamá se va y vuelve, que pueden echarla de menos y que también pueden sentirse seguros con otros adultos.

La separación también se aprende.

No desde el abandono.

No desde el “tiene que acostumbrarse”.

Sino desde experiencias progresivas de seguridad.

“Te vas a quedar con papá”.

“Yo voy a trabajar”.

“Después de comer vuelvo”.

“Sé que me vas a echar de menos”.

“Y cuando vuelva, nos encontraremos otra vez”.

Poco a poco, el niño va construyendo una experiencia interna muy importante:

Mamá puede irse y mamá vuelve.

Y yo puedo estar bien mientras tanto.

No queremos niños que no lloren al separarse

Quizá esta sea una de las ideas más importantes que podemos llevarnos.

Nuestro objetivo no debería ser conseguir que nuestro hijo no llore nunca cuando nos separamos.

Porque el llanto no es el problema.

La dependencia tampoco es automáticamente el problema.

Y el apego no es algo que tengamos que reducir para conseguir niños más independientes.

La pregunta es otra:

¿Puede mi hijo, poco a poco y acompañado, aprender que puede separarse de mí y volver a encontrarnos?

Porque la autonomía no consiste en no necesitarnos.

Consiste en ir descubriendo, poco a poco, que puede hacer cosas por sí mismo sabiendo que tiene un lugar seguro al que volver.

Y quizá por eso la próxima vez que alguien diga:

“Es que tiene mucho apego a su madre porque no quiere separarse de ella”,

podamos mirar la situación de otra manera.

No se trata de cuánto apego tiene.

Se trata de qué necesita en ese momento.

Y muchas veces lo que necesita no es una madre que desaparezca para que aprenda a separarse.

Necesita una madre que pueda decirle:

“Sé que no quieres que me vaya. Te entiendo. Me voy a ir y después voy a volver. Tú puedes estar bien. Y yo también.”

Porque acompañar la separación no significa conseguir que deje de necesitarte.

Significa ayudarle a descubrir, poco a poco, que puede alejarse de ti sin perderte.

Y eso también es crecer.

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